Juan Moreira
Juan Moreira Juan Blanco se puso a jugar al billar con cuatro de los paisanos, mientras Romero tomaba poco a poco una copa de ginebra, mirando la partida.
Los jugadores eran buenos, pero Blanco les empezó a ganar el dinero con suma ligereza y haciéndoles grandes trampas que los paisanos veÃan; pero no se atrevÃan a protestar de ellas, pues, a pesar de que Blanco habÃa sufrido a Romero todo lo que éste le habÃa dicho, no por eso habÃa perdido por completo su prestigio.
Poco a poco los jugadores, cansados de las trampas, fueron abandonando la partida, hasta que sólo quedó Blanco en la mesa haciendo rodar las bolas.
—Le juego una partida por cien pesos y la copa para los presentes —dijo Rico Romero levantándose y aproximándose al billar.
—No hay inconveniente —dijo Blanco, y echó mano al tirador para sacar el dinero y depositarlo según la práctica establecida en estos casos.
—Bueno —agregó Romero, sacando también un billete de cien pesos—, pero prevengo que no sufro trampas, y a la primera le rompo el alma y alzo la parada.
Por agresiva que fuera la actitud con que Romero dijo estas palabras, Blanco no se inmutó ni apagó su eterna sonrisa; acomodó las bolas y se preparó a jugar.