Juan Moreira
Juan Moreira —Bien se me habÃa puesto —siguió diciendo Romero, ensoberbecido por la actitud humilde del paisano—; bien se me habÃa puesto que usted era un mulita mal pegador, y que en cuanto diera con un hombre que le metiera el resuello, se le iban a quitar los brÃos del primer golpe, ¡ah, la malita!
¡Y sin armas se ha venido!
—Será, amigo —volvió a contestar Juan Blanco, siempre imperturbable y sin cambiar de posición—. Yo no sé contradecir a nadie cuando se trata de mÃ.
—Y aunque no se tratara —concluyó Rico, creciendo en insolencia—; y basta de parolas, que no tengo hoy humor de que nadie me queme la sangre, y menos un intruso.
Juan Blanco se calló la boca y convidó a los paisanos que hablaban con él a jugar una partida al billar, prescindiendo completamente de Romero.
—¡No dije yo! —murmuró éste—. Si a estos maulas hay que pegarles el grito a tiempo, si no lo madrugan a uno con la postura y lo llevan por delante.
Esta escena habÃa sido sumamente perjudicial para Blanco, pues su actitud humilde le habÃa hecho perder un cincuenta por ciento de su fama, que habÃa pasado a Romero; pues éste habÃa destapado la falsa reputación de aquél, a quien habÃan creÃdo un hombre duro e invencible.