Juan Moreira
Juan Moreira Aquella puñalada habÃa sido tirada con tal vigor, con tal fuerza muscular, que cuando Juan Blanco quiso sacar la daga de la herida, tuvo que apoyar una rodilla sobre el pecho del cadáver y dar un violento tirón de la daga con ambas manos. Y era tan rica la hoja de aquella arma, que en la punta no se veÃa la menor lastimadura a pesar de haberse enterrado por lo menos medio centÃmetro en la columna vertebral.
Juan Blanco limpió su daga en el saco del cadáver y paseó al guardarla una mirada indagadora sobre los paisanos asombrados. Ninguno de ellos dijo una sola palabra: estaban completamente dominados por el terror y el asombro. Juan habÃa vuelto a tomar, para ellos, proporciones colosales, pues Rico Romero era un hombre reconocido por guapo y a quien no habÃa valido ni aun el haber madrugado a su contrario.
—Una copa, amigo, para mojar la garganta —dijo Blanco al pulpero—, y otra para que esta gente vaya enjuagando el jabón que tiene.
El pulpero sirvió presuroso lo que aquel hombre habÃa pedido, dándose por feliz de que no pidiese más.