Juan Moreira
Juan Moreira Blanco bebió la suya, pagó el gasto hecho y salió a la calle, donde estaba su caballo bayo overo, atado en el tradicional barrote de fierro que pasa de parte a parte en los postes y que colocan los negociantes de los pueblos de campo, haciéndoles prestar el servicio de tranquera, para que los animales que quedan a la puerta no suban a la vereda.
Juan Blanco montó a caballo, apartando al perro que estaba sobre el apero, y tomó el camino de la plaza. Eran apenas las nueve de la noche. Se detuvo en la barberÃa que habÃa a la otra cuadra del juzgado y se hizo afeitar.
Nos cuenta el mismo barbero que, cuando empezaba a pasarle la navaja por la cara, Juan Blanco mantuvo con él el siguiente diálogo:
—DÃgame, amigo, si viniera Juan Moreira y se sentara en su casa a hacerse afeitar, asà como yo estoy ¿qué harÃa usted con él?
—Lo afeitarÃa —contestó naturalmente el barbero—; porque dicen que aquel hombre es terrible y yo no quiero tener enemistades con nadie.
—Y si se negase a pagarle la afeitada, estando tan cerquita del Juzgado, ¿qué harÃa usted con él?, ¿darÃa parte o se asustarÃa?
—Yo no me asustarÃa —dijo el barbero—; pero si no me quisiera pagar lo dejarÃa irse, porque peor serÃa que le fuese a dar rabia y me quisiera sacudir.