Juan Moreira
Juan Moreira —No me vuelvan a ofrecer plata para que traicione a los mÃos —continuó—, porque si me llegan a ofender de esta manera caigo aquà y esto se vuelve una fonda de vascos cuya puerta de salida no van a encontrar de puro miedo. Y ustedes, grandes sinvergüenzas —concluyó dirigiéndose a los paisanos—, como yo los vea ir al atrio a votar en contra mÃa, les voy a sacar los ojos a azotes.
A pesar de ser tantos aquellos hombres, a pesar de estar reclutados entre la gente más brava y hallarse armados de revólver y puñal, ninguno de ellos se permitió contestar a las insolencias de Moreira, que habÃa ido expresamente a insultarlos en su propia cara, tratándolos como a la última carta de la baraja.
Moreira salió por entre medio de ellos haciendo campo con el poncho y sin dignarse volver la cara para prever alguna puñalada traicionera.
Estaba tan seguro del dominio que ejercÃa sobre aquella gente, que demasiado sabÃa que ninguno se atreverÃa a jugar la vida en una puñalada que podÃa errar.
Salió a la calle, desató su caballo del llamador del club, en donde lo habÃa dejado, y se dirigió al club nacionalista, donde habÃa constituido domicilio.