Juan Moreira
Juan Moreira Cuando éste entró, los paisanos se pararon, contestando a su comedido saludo; unos se contentaron con decirle: «Dios lo guarde, amigo Moreira», mientras otros le estrechaban afectuosamente la mano.
Sardetti habÃa visto entrar al gaucho y habÃa palidecido mortalmente: su corazón tembló anunciándole la causa de aquella visita y tendió la vista por la trastienda interrogando el semblante de los concurrentes.
Moreira estaba allÃ, sereno, altivo, recibÃa de los amigos calurosas felicitaciones por su libertad y sonreÃa dejando ver por la abertura de sus labios la doble fila de sus blanquÃsimos dientes, que formaban un hermoso contraste con su negra barba.
—Una copa, pulpero —dijo tranquilamente, dirigiéndose a Sardetti—: Amigos —dijo a los paisanos—, yo pago la vuelta.
Sardetti se apresuró a obedecer, y llenó los vasos que los paisanos enjuagaron a la salud de Moreira.
—¡Han creÃdo que soy vaca que se ordeña sin manear —prosiguió diciendo—, y asà va a ser la cornada! Me han agarrado por bueno y se me hace que esta vez no la han de sacar por tarja.
Moreira pidió otra vuelta y con una tranquilidad aterradora siguió hablando asÃ, dirigiéndose a los paisanos: