Juan Moreira
Juan Moreira —Ya vuelvo, tata viejo —contestó el paisano y, oprimiendo los ijares de su overo bayo, se perdió en las sombras de la noche.
¿A dónde iba Moreira, que asà precipitaba la marcha del inteligente animal, que parecÃa comprender el apuro del jinete? Moreira corrÃa como quien huye entre las sombras de la noche de un peligro imaginario.
El viento agitaba su largo cabello, que iba a azotar su espalda; y su sedosa barba, dividida por el mismo viento, cubrÃa sus hombros como un manto de crespón.
Y animaba la marcha del caballo con la palabra, queriéndole imprimir el ardor que sentÃa por llegar al punto de su destino.
A los veinte minutos de marcha, sujetó el caballo en una de esas caracterÃsticas pulperÃas de campaña, echó pie a tierra, ató con un nudo fácil el maneador en el palenque y penetró en la pulperÃa, concurridÃsima a esa hora.
Era ésta la pulperÃa de Sardetti, y Moreira iba allà a cobrar sus diez mil pesos y a tomar cuenta del proceder del pulpero.
En la trastienda de la pulperÃa, sentados sobre alguna silla milagrosa y cajones vacÃos, habÃa una media docenas de paisanos que se ocupaban de comentar el proceder del teniente alcalde y la desgracia en que habÃa caÃdo Moreira.