Juan Moreira
Juan Moreira Moreira escuchó estas palabras sin apagar de sus labios la sonrisa que los orlaba y se retiró, replicando sencillamente: «hasta la vista entonces, don Francisco».
Moreira se fue a su casa, donde permaneció todo el dÃa prodigando a su hijo y a su mujer un mundo de tiernas caricias; estuvo tocando en la guitarra una serie de tristes, hasta la hora de cenar, en que asistió a la mesa por pura fórmula.
Llegada la noche, Moreira se vistió cambiándose la ropa interior, y poniéndose a la cintura su daga de combate, ensilló su caballo parejero con esa prolijidad que usa el gaucho cuando ha de hacer una larga jornada.
Sus ojos brillaban de una manera particular y su fisonomÃa habÃa tomado una expresión de fúnebre amenaza.
—¿Adónde vas a estas horas? —preguntó Vicenta cuidadosa, al ver los preparativos que habÃa estado haciendo.
—Voy a lo de mi compadre Giménez —respondió este saltando sobre su caballo—; no tardaré en volver.
El suegro, que estaba en el rancho acompañando a la hija y ayudándola a sobrellevar la pena que le causaba la prisión del marido, trató de averiguar a Moreira dónde iba a aquellas horas.