Juan Moreira
Juan Moreira —Es claro, puesto que nada te debe, y que tú has venido a «jugar sucio».
A la anterior alteración de Moreira se sucedió una de aquellas calmas que son más temibles aún que la explosión de la cólera, pues ellas son hijas de una resolución suprema y de un carácter poderoso.
—Está bueno, amigo —dijo Moreira, dejando caer la mirada de sus negros ojos sobre Sardetti—. Usted me ha negado la deuda para cuyo pago le di tantas esperas, pero yo me la he de cobrar dándole una puñalada por cada mil pesos. Y usted, don Francisco, que me ha «echado al medio» de puro vicio, guárdese de mÃ, porque usted ha de ser mi perdición en esta vida.
Moreira iba a retirarse, pero fue detenido por don Francisco, que, llamando al soldado de la partida que con él representaba allà la justicia (rara justicia), lo hizo meter en el cepo, esta vez de cabeza, por desacato a la autoridad.
Moreira se dejó poner en el cepo sonriendo, porque sabÃa que pronto habÃa de llegar la hora de su desquite, y sufrió las insolencias y aun los golpes del amigo Francisco, sin pronunciar una sola palabra.
Al dÃa siguiente fue puesto en libertad, y oyó de boca del amigo Francisco estas palabras:
—La tercera es la vencida, y si vuelves a las andadas te remitiré a la frontera con una buena barra de grillos.