Juan Moreira

Juan Moreira

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El comedor de aquella fonda tenía una gran mesa común a todos los parroquianos, colocada frente mismo a la puerta de calle, y dos o tres mesitas más a los costados.

Sobre la mesa del centro y colgado de los tirantes del techo, había uno de esos lamparones de aceite, comunes a todo hotel de campaña.

Moreira se sentó a comer en aquella mesa, dando frente a la puerta de calle, paso forzoso para el que entrara: puso los dos trabucos sobre sus rodillas, que cubrió con la manta de vicuña, y pidió alegremente una sopa y una botella de vino francés, para criar coraje, según dijo satíricamente.

Las pocas personas que había en aquella mesa se levantaron y fueron a ocupar las más chicas, pues todos sabían ya lo que había de suceder.

—Hacen bien, muchachos, porque aunque esto va a ser como chacota —les dijo el paisano sin perder la alegría—, pueden llover algunos chumbos extraviados.

En esta actitud se puso a esperar a los vigilantes, que sabía lo habían de atacar allí, creyendo tal vez tomarlo de sorpresa y prenderlo como a un maula.

En previsión de lo que pudiera suceder, el gaucho había dejado su overo bayo confundido con los demás caballos atados al fierro de la vereda.


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