Juan Moreira
Juan Moreira El señor Caminos, que habÃa oÃdo tanto cuento sobre atrocidades de Moreira, esperaba que de un momento a otro el gaucho se le viniese encima daga en mano, sin tener él la menor arma con que repeler la agresión, pero el paisano no se movió ni hizo el menor ademán de hostilidad.
Sentado en la orilla de la cama, contemplaba a su interlocutor con una mirada profundamente melancólica en la que se podÃa ver un fondo de suprema resignación.
—Paciencia y barajar —dijo lánguidamente—. Yo debo de jeder a difunto, cuando de esta manera se me cierran todas las puertas; sin embargo, le pido por última vez una papeleta, asegurándole bajo mi palabra que no he de decir a nadie que ha sido usted quien me la ha dado, y prometiendo hasta alejarme de Lobos.
El Sr. Caminos creyó que el gaucho lo amenazaba, y no queriendo que fuese a figurarse que lo habÃa dominado, se negó de nuevo a complacerlo.
—Yo no puedo darle la papeleta —concluyó—, porque faltarÃa a mi deber, y yo no falto a él por ninguna consideración de este mundo; no insista pues en su pretensión, porque pierde su tiempo.
—Está de Dios —respondió el gaucho—, que yo he de vivir eternamente en guerra con la justicia, de lo que me alegro en parte, pues no tendré nada que perdonar a nadie.