Juan Moreira
Juan Moreira Moreira no hizo caso de las palabras del pulpero y siguió hablando de esta manera a los paisanos, que ya habÃan comprendido las intenciones con que habÃa ido allà el gaucho, y que adivinaban la escena tremenda que iba a pasar.
—Me han puesto en el cepo de cabeza, como a un ladrón, me han golpeado cuando me han visto indefenso —y mostraba sobre su altiva frente una ligera cicatriz que recibió al ser metido en el cepo—, y por último, me han largado con el calor de la marca, diciéndome que me habÃan de mandar a la frontera.
Y los ojos del gaucho se dilataban de una manera feroz, dejando ver un brillo frÃo y siniestro que hacÃa la impresión de una puñalada.
Uno de los paisanos que lo escuchaba, más viejo y más amigo de Moreira que los otros, le dijo que tenÃa mucha razón, pero que un perro de aquella especie, no merecÃa que un hombre de bien se perdiera haciendo una hombrada.
—Tú tienes un hijo —concluyó aquel gaucho bondadoso—, y va a padecer las consecuencias de lo que hagas. Si no lo haces por mÃ, hazlo por esa prenda de tu cariño, y vámonos tomando la copa del estribo.
Una inmensa agonÃa cruzó como un relámpago el hermoso semblante de Moreira, y mirando tristemente al hombre que le habÃa recordado su hijo, le replicó: