Juan Moreira
Juan Moreira Siempre pobre, pero siempre alegre, los pulperos protegÃan al Cuerudo y le daban algún gasto, porque el paisano jamás tenÃa pereza para ayudarles a tirar agua, dar vuelta la majada, curar un animal, o cualquiera de esos pequeños trabajos que en las casas de negocio de campo se ofrecen a cada rato.
Si el Cuerudo agarraba la guitarra, no la soltaba en toda la noche, cantando todo género de canciones picarescas y gatos de los que daban calor.
Su voz era vinosa y un tanto acarnerada como la generalidad de los paisanos, pero cantaba con tanta picardÃa que se le podÃa estar oyendo toda una noche entera sin fastidiarse, porque su repertorio era interminable y su gracia infinita para hacer todo género de compadradas en el diapasón de la guitarra.
El Cuerudo era un poco soberbio, sabÃa que tenÃa reputación de hombre guapo y no permitÃa que delante de él contasen ajenas hazañas ni hechos fabulosos.
—Yo soy el Cuerudo —decÃa—, y es al ñudo buscarme pareja, porque no la tengo en todo el mundo, y mi padre y mi madre han muerto sin hacer otro Cuerudo.
Si hallaba quien le hiciera frente, peleaba, y peleaba con tal bravura y tal tino, que eran muy contadas las veces en que hubiera sacado él la peor parte.