Juan Moreira
Juan Moreira El Cuerudo bajó la suya y el brazo de la daga cayó a lo largo del costado; aquel hombre quedó inmóvil, completamente dominado por la mirada soberbia de Juan Moreira.
—¡Vamos a ver, maula! —gritó éste sin comprender de pronto lo que pasaba por el espíritu del Cuerudo, que lo había provocado sin motivo—. El que provoca pega primero y no espera a que le den en las aspas con el rebenque. ¡No se arrepienta, maula, y atropelle, que es buen campo!
—Es inútil —contestó el Cuerudo, completamente desalentado—. A todo hay quien gane en esta vida y conozco que no puedo pelear con usted, porque me ha ganado a guapo.
—¿Y a qué se metió a chiripá grande? —replicó Moreira, ya riendo—. Cuando lo vi copar la banca, creí que era justicia, si no, ni me levanto. ¡Pegue, pues, maula!
—Es inútil —concluyó el Cuerudo—. Nosotros no podemos ser enemigos, porque usted puede más que yo. Si quiere ser mi amigo, estaré de ello orgulloso; si usted desprecia mi amistad, ahora mismo me voy del pago y aseguro que nadie vuelve a verme la cara tajeada —y agachándose alzó del suelo el dinero que había arrebatado momentos antes y lo ofreció a Moreira con la mano izquierda mientras le tendía humildemente la derecha.