Juan Moreira
Juan Moreira —A la policía de Buenos Aires —contestó el joven Berton.
—Me pago en la policía de Buenos Aires —contestó Juan Moreira, y abriendo la puerta de par en par apareció en el umbral sereno y altivo, teniendo amartillado en cada mano uno de los trabucos.
La aparición fue tan rápida y tan inesperada, que todos quedaron inmóviles y vacilantes.
El paisano aprovechó rápidamente el estupor que su aparición había causado; se dio cuenta de la situación, y comprendiendo que el mayor número de enemigos estaba a los flancos, tendió sus hercúleos brazos y disparó los dos trabucos, que llevaron la muerte a las filas enemigas.
—¡Fuego!, ¡fuego! —gritó desesperadamente el oficial Berton, y sonó un fuego graneado mal dirigido, porque los soldados estaban profundamente conmovidos, y sin ningún resultado.
Moreira, entretanto, soltando una alegre carcajada, volvió a entrar a la pieza y cerró rápidamente la puerta.
Y se sintió desde afuera cómo volvía a cargar los trabucos, golpeando las culatas contra el suelo.
—Entréguese y no se haga matar tan sin provecho —volvió a gritar Berton—. Entréguese a la policía de Buenos Aires.