Juan Moreira
Juan Moreira —¡Ah! ¡Cobarde, cobarde! —dijo dejando caer la daga de entre los dientes—. ¡A hombres como yo no se les hiere por la espalda! ¡No podés negar que sos justicia! Su mano derecha, crispada por el dolor, empuñó la pistola de que se habÃa servido para inutilizar a Berton y la pasó por sobre su hombro izquierdo, tratando de hacer punterÃa en la cabeza de Chirino que hacÃa fuerza para que la bayoneta, vencida por el cuerpo de Moreira, no se desclavase de la pared.
El resto de los vigilantes, incitados por la voz de Berton y Varela, cargaban en grupo para ultimar al paisano, cuando éste retorciéndose sobre la bayoneta como si no le causara dolor alguno, inclinó la pistola e hizo fuego sobre la cabeza de Chirino.
La bala, hábilmente dirigida a pesar de la posición violentÃsima, rozó de arriba al ojo, la pupila izquierda del vigilante, y fue a incrustarse en el pómulo.
Chirino cayó de espaldas lanzando un grito terrible y arrastrando en su caÃda el rifle, cuya bayoneta produjo un ruido fatÃdico al salir de la herida.
Moreira, libre del arma que lo mantuviera clavado en la pared, cayó al suelo de pie, y con una expresión de suprema alegrÃa recogió su daga.
—¡Aún no estoy muerto! ¡Aún no estoy muerto, maulas! —gritó, y blandiendo la daga arremetió al grupo que lo cargaba.