Juan Moreira
Juan Moreira El aspecto de Moreira era entonces terrible; de su elevado pecho caÃa un torrente de sangre que empapaba hasta la espuela; sus ojos despedÃan llamaradas y el dolor habÃa contraÃdo aquella sonrisa altiva y desdeñosa que vagaba siempre por sus labios.
—¡A mÃ, maulas! —prosiguió—. ¡A mÃ! —y blandió su daga con un movimiento poderoso que detuvo la marcha de los que avanzaban a rematarlo.
El joven Gabriel Larsen, que venÃa en el grupo armado de un revólver con el que apuntaba al gaucho, quedó estático ante aquella muestra de valor salvaje y aquella potente vida arraigada a aquel hombre varonil, que acometÃa poderosamente con una herida que habrÃa sido inmediatamente mortal para cualquier hombre, con excepción del coronel Sandes y de Juan Moreira, dos naturalezas de bronce que se pueden llamar gemelas.
Larsen habÃa quedado completamente asombrado: la vista de Moreira, que avanzaba decidido aunque vacilante, lo habÃa impuesto de tal modo, que no tuvo aliento para disparar su revólver y su brazo derecho cayó a lo largo del cuerpo, completamente debilitado por el terror.
Moreira encogió el brazo, lo acometió y se tendió en una larga puñalada tomando por blanco el pecho del joven, que cerró los ojos y esperó el golpe automáticamente.