Juan Moreira
Juan Moreira Sentimos respeto por aquel corazón esforzado y no podemos mirar indiferentes la caída de uno de estos seres llenos de hermosas cualidades, con un espíritu noble e inquebrantable y dotados de un carácter hidalgo, lanzados al camino del crimen y empujados a una muerte horrible por la maldad salvaje de uno de esos tenientes alcaldes de campaña a quienes desgraciadamente está librado el honor y la vida del humilde y noble gaucho porteño.
Cuando los vigilantes se convencieron, por la inmovilidad del cuerpo, de que Moreira estaba realmente muerto, se acercaron al cadáver y lo dieron vuelta.
Se decía que Moreira era tan valiente y no había sido herido nunca, porque usaba cota de malla, y era preciso convencerse de si aquello era cierto.
Los labios del cadáver estaban sonrientes: parecía que aún provocaban a la lucha con palabras despreciativas.
Aquellos hombres abrieron la pechera de la camisa y miraron aquel pecho admirable por su modelación, lanzaron un grito de asombro.
El pecho de Moreira estaba realmente cubierto por una cota, pero no era de malla de acero, sino un tejido de enormes cicatrices que lo cruzaban en todas direcciones, heridas cuya existencia no se había conocido nunca, porque el altivo paisano cuando las recibía, iba a curárselas donde nadie pudiera verlas.