Juan Moreira
Juan Moreira A la caÃda de la tarde, el hombre que cuidaba el cementerio fue a prevenir a aquella especie de estatua humana que iba a cerrar la puerta y que era necesario que se retirara, pero el paisano estaba tan embebido en su pensamiento que fue necesario golpearle el hombro y repetirle la advertencia.
Entonces sus labios temblaron a impulsos de los sollozos que lo sofocaban, por sus pómulos se deslizaron las últimas lágrimas, levantó al Cacique en sus brazos, que seguÃa aullando lúgubremente, y dio vuelta para tomar el camino que conduce a la salida del cementerio. ¡No alcanzó a dar dos pasos!
—¡Adiós, Moreira! —gritó con la voz entrecortada por los sollozos que hacÃan su palabra casi ininteligible—. ¡Adiós, hermano Moreira! ¡DarÃa toda mi vida por poder montarte en ancas de mi caballo y llevarte al rancho de la amistad! —dijo; su voz expiró en un doloroso gemido y salió del cementerio a la carrera, como si tuviera que hacer un violento esfuerzo para arrancarse a la fuerza desconocida que allà lo retenÃa.
Llegó a su caballo, sobre cuyo recado saltó sin tocar el estribo, y acomodando al cuzquito en el brazo izquierdo se perdió al galope de su caballo.
Aquel paisano era el amigo Julián que, sabiendo la muerte de Moreira, habÃa venido a darle el último adiós sobre su tumba.