Juan Moreira
Juan Moreira El paisano siguió siempre al tranquito, hasta que llegó al cementerio, echó pie a tierra delante de la puerta de fierro, y sin atar siquiera su caballo, penetró al cementerio, cuyas tumbas interrogó con una mirada húmeda y vacilante.
Aquel hombre, sin despegar los labios para responder al comedido saludo de la vasca sepulturera, detuvo su mirada sobre el montón de tierra donde estaba echado el Cacique, y se dirigió allí con el paso vacilante, sacándose el sombrero con imponente respeto.
Llegó a la tumba solitaria, dobló en ella las rodillas y se pudo ver que de sus ojos negrísimos y varoniles caía un torrente de lágrimas que iban a rodar a la tierra que cubría los restos de Moreira.
El Cacique, que recibía siempre con amenazadores gruñidos a los que se acercaban a la tumba de su amo, se arrastró hasta aquel hombre y, mientras lamía sus manos cariñosamente, se puso a aullar, con ese aullido fúnebre y lastimero que emplean los perros en las situaciones lúgubres.
El paisano acarició la cabeza del noble animal, se puso de pie, cruzó los brazos y clavó la mirada en aquella huesa miserable, permaneciendo así inmóvil como una estatua, y llorando silenciosamente más de tres horas.