Juan Moreira
Juan Moreira Sin más ni más lió sus petates de viaje, que no eran muy lujosos que digamos, y tomó el tren de Lobos con el corazón rebosando de alegrÃa estudiantil, dispuesto a pasar un mes de expansiones.
En Lobos alquiló un matungo de posta, y se largó camino de Navarro, navegando sobre el recado como uno de esos marineros ingleses que suelen bajar de a bordo y alquilar un sotreta en la caballeriza con que se topan, prometiéndose un dÃa de alto refocilamiento, aunque a la noche suelan volver más molidos que si les hubieran dado mil azotes tendidos sobre el temible cañón de proa.
En aquellos tiempos la fama de Moreira llenaba aquellos alrededores, y era muy gaucho el hombre que se atrevÃa a hacer solo aquella cruzada; pero Del Campo era joven y poco se preocupaba de agüerÃas y miedos.
Apenas habÃa andado unas cuatro leguas, cuando se encontró con un paisano hermoso, paquetÃsimo y montado sobre un magnÃfico caballo overo bayo, aperado con un lujo pintoresco.
En su cintura, sujeta a la espalda en el tirador, se veÃa una larga y hermosa daga; sobre los costados el paisano ostentaba un par de magnÃficos trabucos de un brillo deslumbrador, tal era su limpieza.