Juan Moreira

Juan Moreira

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Al oír estas palabras, los ojos de aquel gaucho se dilataron por la más franca expresión de asombro, posó en el joven abogado su hermosa mirada y preguntó atónito.

—Y usted, mozo, ¿defiende a los hombres que están en desgracia?, ¿usted se los quita a la justicia y trabaja para devolver la libertad a los que tienen una desgracia en la vida?

—Esa es mi misión —dijo Del Campo—; soy abogado: yo me ocupo de defender a todo hombre que tenga necesidad de mis servicios. Cada uno tiene su oficio.

—Pero mi compadre Juan —añadió el gaucho— es pobre y habrá tenido que vender todo para pagarle a usted. ¡Oh! —continuó lleno de amargura—, los gauchos no somos hijos de Dios; hay una maldición que nos acompaña.

—Se equivoca, amigo —replicó Del Campo bondadosamente—. Aquel hombre me ha pagado con un apretón de manos, y aunque yo también soy pobre, con este franco agradecimiento me considero bien pago.

Al oír esto, el gaucho se entregó al colmo del más inocente asombro. Miró a Del Campo mostrando una lágrima que brillaba en cada uno de sus párpados, y tendiéndole una mano le dijo con la voz conmovida por un raro enternecimiento, mientras con la otra se quitaba el sombrero:


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