Juan Moreira
Juan Moreira —Ya está hecho eso, compadre, y es en vano lamentarse; ahora no hay más que poner el hombro y hacer espalda ancha: el que hizo el perjuicio que sufra el daño. Y ya que tanto me han pinchado y se han cebado en mà porque me veÃan humilde, haciéndoseles bueno el partido, paciencia y barajar, compadre, no hay que quejarse de lo que yo haga. Ahà le dejo eso, compadre —prosiguió enterneciéndose por grados—, cuÃdemelos y cuente conmigo para todo en esta vida.
Concluyó de hablar asÃ, apretó las espuelas al caballo y tomó la dirección del partido del Saladillo sin volver la cara.
Eran ya las cinco de la mañana y el sol, «el poncho de los pobres», empezaba a dorar la mañanita.
Giménez, cruzado de brazos, se quedó contemplando cómo se alejaba aquel hombre extraordinario.
Cuando lo hubo perdido de vista volvió a su casa, sacó las prendas de ensillar y, aperando lindamente un magnÃfico oscuro tapado que le regalara Moreira la noche de su casamiento, tomó el camino del cuartel que habitaba el fugitivo, a enterarse bien de lo que habÃa sucedido la noche anterior y de las medidas que contra Moreira hubiera tomado la justicia de paz.
Cuando Giménez llegó a las primeras casas, fue recibido con la sangrienta novedad.
Todos comentaban la muerte de Sardetti, de manera más o menos favorable a Moreira.