Juan Moreira

Juan Moreira

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Profunda impresión produjo en el espíritu de aquella gente sencilla la desgracia del amigo Moreira y la narración de la escena de la pulpería, que sería la causa de que a aquellas horas lo anduvieran buscando para prenderlo y remacharle una barra de grillos.

—Y todavía estoy en el principio —había dicho amargamente el gaucho—, aquella muerte es el principio de mi obra, y don Francisco es el fin con que tengo que estrellarme. Ese hombre me ha humillado, sin que yo le haya dado motivo; él me ha hecho banco y me ha echado al medio, haciéndosele bueno el partido, y es la causa de que me halle como me veo. Ese hombre ha de morir a mis manos, aunque después tenga que ganar la pampa para huir de las partidas.

—No se aflija, compañero —le replicó el amigazo que le había abierto su rancho y el corazón—. Sólo la muerte no tiene remedio en esta vida.

—¿Y mi hijo? ¿Qué será de mi hijo y de Vicenta? —preguntó Moreira con una indefinible expresión de dolor—. Tata viejo está ya achacoso y son capaces de matarlo en el cepo para que confiese dónde estoy. ¡Ah, don Francisco! —concluyó el paisano, abatiendo su hermosa cabeza en la palma de la mano—, ¡no tiene suficiente vida para pagarme el mal que me ha hecho! Moreira guardó silencio, silencio que no se atrevieron a interrumpir ni el dueño de casa ni las personas que con él estaban.


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