Juan Moreira
Juan Moreira Concluida esta operación indispensable que Julián veÃa practicar con una sonrisa de aprobación, los paisanos tendieron su manta al lado de los caballos y reanudaron su conversación.
Ya empezaban a caer a la pulperÃa algunos paisanos de los alrededores, que saludaban a Moreira llenos de asombro al ver la tranquilidad del gaucho, cuando en su busca andaba la partida de plaza, con la orden de matarlo dondequiera que lo hallaran.
—Váyase, amigo Moreira —le habÃan dicho con el mayor interés— váyase porque lo van a matar.
Mire que por guapo que sea un hombre no puede luchar con tantos, y la partida es dura y numerosa.
—Pues por eso mismo me quedo —constestó Moreira sonriendo—, quiero mostrarles cómo se corre a una partida.
—No sea temerario, amigo —insistió el paisano—, ya sabemos que usted es guapo, y por lo mismo no debe exponerse a un peligro en que le llevan la media arroba.
—A mà no me llevan ni esto —dijo el paisano, con una altanerÃa suprema, e hizo sonar entre sus dientes la uña del dedo pulgar—. Vayan entrando, amigos, no quiero que vengan las justicias y se vayan de arriba, creyendo también que ando con partida; usted también, amigo Julián, ya sabe lo que me ha prometido, y en su promesa descanso.