Juan Moreira

Juan Moreira

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Entretanto, Moreira estaba sentado sobre su manta de vicuña, al lado de su caballo, acariciando el lomo del Cacique.

De cuando en cuando levantaba la cabeza soberbia, divisaba el campo, sonreía y volvía a acariciar a su perro, que dormitaba perezosamente en sus faldas.

Parecía imposible que aquel hombre tan tranquilo y tan sereno estuviese esperando a ocho o diez, con quienes iba a librar un duelo a muerte, plenamente confiado en el valor de su alma y en la hoja de su puñal que, según su expresión genuina, «no sabía contar mentiras».

Así transcurrió aquella mañana, hasta la hora de la siesta, sin que la partida de plaza se hiciera sentir.

A la pulpería habían llegado otros paisanos, y algunos de los primeros se habían alejado, ya para ir a sus trabajos unos, ya para recorrer el campo otros, a ver si veían la partida y traer con tiempo el aviso a Moreira.

La pulpería quedó sumida en ese tranquilo silencio que se observa en el campo a la hora de la siesta, en que el paisano se entrega al sueño perezoso de que se siente invadido.

Sólo Moreira estaba despierto, divisando el campo, ocupación que abandonaba para prestar sus caricias al Cacique.


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