Juan Moreira

Juan Moreira

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Por fin él mismo empezó a ser dominado por ese soñoliento estado que se apodera a esa hora del hombre del campo, y cambió de posición para entregarse al sueño.

Sacó del tirador las armas, que colocó en la parte del poncho que debía servirle de cabecera, y se acostó de barriga.

Sus manos cruzadas sobre las armas fueron una especie de almohada, donde reposó la cabeza, a cuyo lado se echó el vigilante Cacique, y en esta actitud aquel hombre se entregó por completo al sueño, como si hubiera estado en su rancho sin que lo amenazara el menor peligro.

Así inmóvil, sin cambiar de posición una vez sola, permaneció más de media hora.

Dormía profundamente, con ese sueño pesado y tranquilo del hombre que ha pasado tan larga y pesada fatiga.

Era la primera vez en tres días que Moreira se entregaba por completo al sueño.

¿Tenía seguridad de que lo despertarían si el peligro se presentaba, o dormía fiado en la lealtad e instinto del cacique que estaba a su lado? De repente apareció un bulto a lo largo del camino, el perrito se levantó y se puso a ladrar de una manera amenazadora, con ese ladrido agudo y penetrante del cuzco.


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