Juan Moreira
Juan Moreira Moreira, como movido por una descarga eléctrica, se puso de pie con las armas en la mano.
Sobre el camino se veÃa un jinete que marchaba hacia la pulperÃa, castigando el caballo como si no quisiese perder un segundo.
El paisano llegó adonde estaba Moreira, y con la voz entrecortada por la fatiga de la carrera, y algo conmovida por el espanto, le dijo:
—Sálvese, amigo, ahà viene la partida. Son ocho hombres y el capitán.
Moreira no se inmutó; miró sonriente al espantado paisano que le traÃa la noticia, y tendió hacia el camino su mirada de águila.
Efectivamente, a distancia de unas veinte cuadras se veÃa como una ligera nube de polvo que levantaban varios jinetes que venÃan a gran galope.
—Sálvese, amigo, que tiene tiempo —volvió a decir el paisano—; la partida es brava y el capitán ha dicho que lo va a llevar muerto o vivo.
—Lo siento por el capitán —dijo Moreira, sonriente siempre—, porque presumo que no va a volver por sus propias piernas. Agradezco el aviso, paisano —concluyó—, y váyase adentro a ver la función, porque el malambo va a ser fuerte y son muchos los que van a cepillar.