Juan Moreira

Juan Moreira

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El paisano se dirigió a la pulpería, lamentando con un ademán profundo la muerte de aquel hombre, que para él, era inevitable.

Moreira echó las riendas arriba de su magnífico caballo, que colocó dando el lado del lazo hacia el grupo que venía, se paró del lado de montar, presentándose de frente, cruzó el pie izquierdo sobre el derecho con la punta hacia abajo, en actitud de descanso, recostó los dos brazos sobre el apero y quedó en actitud perezosa observando a los que venían, como si estuviera ajeno a lo que iba a pasar allí.

Era hasta donde se podía llevar la ostentación del valor moral que poseía aquel hombre extraordinario.

El no estaba obligado a combatir, pues podía haber huido sin dejarse alcanzar; el caballo que montaba era sobresaliente; pero lo detenían allí el amor propio comprometido, la noticia de que la partida era mandada por un capitán de mentas, y el odio que, desde su primer paso en la vida de destrucción que había emprendido, había jurado a todo aquello que emanara de la justicia, de esa palabra justicia, que suena como una sangrienta sátira en el oído del gaucho, pues ella representa para él el capricho del juez de paz, el sable del comandante militar y, como último trance, un cuerpo de caballería de línea.


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