Juan Moreira
Juan Moreira Decidido a vencer o a morir en buena ley, esperó a la partida con la confianza de su propio valor y la convicción de su superioridad.
La partida llegó deteniendo la marcha de sus caballos hasta dos varas antes de alcanzar a Moreira, sin que éste variara su perezosa posición.
En la cara de los soldados se notaba cierta emoción que no podÃan dominar, y al encontrar con la suya la altiva mirada del gaucho, bajaron la vista sobre las riendas, evitando los rayos que despedÃan aquellos ojos soberbios.
Los paisanos se habÃan agolpado con el pulpero a la reja del despacho, desde donde contemplaban, trémulos y bañados de honda palidez, la escena de sangre que iba a principiar.
En la puerta de entrada, con los brazos abiertos y como buscando con las manos un apoyo para no caer, estaba el amigo Julián, con la mirada húmeda fija en Moreira, cuya figura se destacaba poderosamente de aquel cuadro amenazador.
Para todos aquellos hombres, Moreira iba a pelear bien, porque sabÃan que era un hombre de vista y de coraje; pero tenÃan el presentimiento de que aquella lucha debÃa ser fatal para el paisano, por la superioridad numérica del enemigo y por las mentas del capitán que mandaba la gente, hombre joven y de simpático aspecto.