Juan Moreira

Juan Moreira

Sólo el amigo Julián tenía confianza en el éxito de la lucha; esto se veía a pesar de su turbación, a pesar de su mirada tristemente humedecida por una lágrima, y en la forzada sonrisa que contraía sus labios.

El capitán y el sargento se adelantaron un paso sin dejar de mirar con cierta desconfianza a los paisanos que estaban tras de la reja, y el primero, dirigiéndose a Moreira, a pesar de conocerlo y como una especie de fórmula, le preguntó secamente:

—¿Es usted Juan Moreira?

—Para lo que guste mandar —respondió éste, parándose altivo, siempre protegido por el cuerpo del caballo, y tocando levemente el ala de su sombrero.

—Dese usted preso en el acto y sin hacer resistencia —añadió el capitán, echando instintivamente mano a la empuñadura de la espada.

—¿Y a quién he de entregarme preso? —interrogó el gaucho, cuya actitud se había vuelto amenazadora.

—A la partida de plaza que viene en nombre del juez de paz —concluyó el joven, desenvainando la espada, acción que imitó el sargento.

Moreira miró un segundo a aquel joven que se le cruzaba fatalmente en el camino y, con un tono frío e incisivo como la hoja de un puñal, le dijo sentenciosamente:


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