Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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Capítulo VI

¡Agua! ¡Agua!

Dos horas más tarde, a las cuatro de la madrugada, desperté. Tan pronto como mi fatigado cuerpo hubo satisfecho su necesidad de descanso, el martirio de la sed, volviéndome a la realidad, me arrancó de las cristalinas y frescas aguas de un arroyo, que bajo verde y tupido ramaje se deslizaba, y donde, en mi sueño, me bañaba, para traerme a la memoria, en medio del árido desierto, las palabras fatídicas de Umbopa: «Si no encontramos agua, moriremos todos antes que aparezca la luna de mañana». Ningún ser humano podía vivir largo tiempo sin agua en aquella seca y ardorosa atmósfera. Sentome y me froté el polvoriento rostro con mis secas y ásperas manos. Tenía los labios y párpados adheridos completamente, y sólo después de friccionármelos por algún tiempo y hacer un esfuerzo, logré separarlos. El alba se aproximaba, pero ni uno de esos vagos resplandores que la preceden, rompía la lobreguez de aquel aire cuya espesa y calurosa obscuridad nos es imposible describir. Todos los demás dormían. Poco a poco la luz fue haciéndose más intensa, y cuando su claridad me permitió leer, saqué de mis bolsillos un pequeño volumen de las Leyendas de Ingoldsby que traía conmigo, y me puse a leer la «Corneja de Reims». Cuando llegué al pasaje, en donde:

Alegre un chicuelo, su cántaro lleva

rebosando el agua más clara y más fresca


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