Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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—¿Quién podrá ser? —dije.

—¿No lo sospecha, usted siquiera? —preguntó Good.

Moví negativamente la cabeza.

—¡Hombre, el antiguo fidalgo José da Silvestre! ¿Quién si no él?

—Imposible, hace trescientos años que murió.

—Y en esta atmósfera glacial, ¿qué puede impedir dure tres mil años más? Basta que el aire esté frío, al punto de congelación, para que la carne y la sangre se conserven siempre tan frescas como las de un carnero de Nueva Zelanda, y bien sabe Dios si aquí hace frío. Jamás el sol penetra hasta este lugar, ni tampoco animal alguno que pudiera haberlo destruido o devorado. Indudablemente su esclavo, el mismo que cita en el mapa, le quitó las ropas, y no pudiendo enterrarlo por sí solo, lo dejó en ese sitio. Y si no, miren aquí, éste es el hueso con que dibujó aquel trabajo y al decir estas últimas palabras, Good, inclinándose al suelo, recogía de él un pedazo de hueso que terminaba por un extremo en aguzada punta.

Quedamos por un momento tan admirados, que olvidamos las miserias de nuestra casi desesperada situación, ante tan extraordinario, o mejor dicho, milagroso suceso.


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