Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Al emprender la marcha, Infadús había despachado un correo para el kraal, que entre paréntesis pertenecía a su mando militar, dando aviso de nuestra llegada. El correo había partido a la carrera con extraordinaria velocidad, la que, según me dijo Infadús, sostendría en todo el camino, estando como estaban muy acostumbrados a este violento ejercicio que practicaban mucho los de su nación.
Cuando distinguimos el kraal nos apercibimos del resultado de este mensaje. Estábamos a dos millas de dicho lugar cuando vimos salir por sus puertas, compañía tras compañía, una numerosa tropa que se dirigió a nuestro encuentro.
Sir Enrique me cogió por un brazo y me observó que parecía íbamos a encontrarnos con una recepción, nada de nuestro agrado. Algo en su tono atrajo la atención de Infadús, que dijo apresuradamente:
—Nada teman mis señores, en mi pecho no habita la perfidia. Ese regimiento está bajo mi mando y, obedeciendo a mis órdenes, viene a rendiros los honores que merecéis.
Contestele con un tranquilo movimiento de cabeza, por más que en mi interior nada tranquilo me sentía.