Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón —Cuando estamos entre los kukuanos, amigo Infadús, hacemos exactamente lo mismo que los kukuanos hacen —le dije con majestuoso acento, y volviéndome de pronto para hablar a Good, quien, muy mal humorado y ocupado completamente en impedir que la brisa de la tarde jugase con el ruedo de su camiseta, caminaba detrás de nosotros, encontreme de manos a boca con Umbopa, que casi venÃa pisándome los talones y evidentemente habÃa oÃdo con el mayor interés mi conversación con Infadús. Su rostro mostraba la más curiosa expresión, y sugerÃa la idea del hombre que lucha por traer a la memoria el recuerdo de algo, que cual vaga o indeterminada sombra, aparece y desaparece en las densas brumas del pasado.
Mientras tanto, descendÃamos con paso rápido hacia la ondulante llanura. Las montañas que habÃamos cruzado se alzaban altivas a nuestras espaldas, y los picos del Sheba aparecÃan modestamente envueltos en vaporosa neblina. A medida que nos internábamos en aquel paÃs, crecÃan los encantos de su paisaje. La vegetación exuberante, pero no tropical, el sol resplandeciente y tibio, pero jamás abrasador, y la brisa suave y embalsamada por las fragantes plantas que enverdecÃan los repechos de las colinas, convertÃan esta tierra desconocida en una especie de paraÃso terrenal. Nunca he visto un suelo tan privilegiado en belleza, riqueza natural y clima. El Transvaal es un precioso paÃs, pero no vale nada comparado con Kukuana.