Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón —No, mi señor. Cuando ella vio que su amo y esposo había sido muerto, cogió a su hijo, y dando un grito terrible, huyó de allí. Dos días mas tarde se acercó a un kraal impulsada por el hambre, y nadie quiso darle un trago de leche o alimento alguno; su esposo el rey había muerto, era una infortunada, y los hombres odian el infortunio; sin embargo, a la caída de la noche, una muchacha, casi una niña, salió en su busca y le llevó algo que comer; ella bendijo a la compasiva niña y se dirigió con su hijo hacia las montañas antes que el sol apareciera sobre el horizonte, en donde deben haber perecido, después nadie desde entonces ha vuelto a ver a ella ni al pequeño Ignosi.
¿De manera que si ese Ignosi hubiera vivido, él sería el verdadero rey del pueblo kukuano?
—Así sería, mi temido señor, la serpiente sagrada rodea su cintura. Si vive, es nuestro rey, pero ¡ay! largo tiempo hace que ha muerto.
En este instante llegamos a la vista de una aldea compuesta de numerosas chozas, rodeada por una empalizada que defendía un ancho y profundo foso.
—¿Veis ese kraal, señor? Pues en ese mismo fue en donde se vio por la última vez a la esposa e hijo de Imotu, y en él vamos a dormir esta noche, si es que acaso —añadió con cierto acento de duda— duermen mis señores en este mundo.