Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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»¿Qué buscáis vosotros, blancos de las estrellas?… ¡ah! sí, ¡de las estrellas! ¿Vais tras uno que se os ha perdido? No le encontraréis aquí. Aquí no está. Nunca, hace siglos y siglos, el pie de un blanco ha pisado esta tierra; nunca, excepto una vez y ese la dejó, sólo para morir. Vosotros venís por las piedras que brillan: yo lo sé… yo lo sé; las hallaréis cuando la sangre esté seca; pero ¿volveréis a la tierra de donde venís, u os quedaréis aquí, para hacerme compañía? ¡Ah! ¡ah! ¡ah!

»Y tú, tú el de la piel obscura, el de la orgullosa apariencia (dirigiendo su seco dedo, hacia Umbopa) ¿quién eres, di, y qué buscas? No las piedras que relumbran, no el metal amarillo que brilla; eso lo dejas tú, «para los blancos, hijos de las estrellas». Paréceme que te conozco; paréceme que percibo el olor de la sangre que corre por tus venas. ¡Desnuda tu cintura!…

Al gritar con salvaje e imperioso acento estas tres últimas palabras, aquel ente extraordinario fue presa de horribles convulsiones, y rodó por el suelo, espumosa la boca, con un ataque de epilepsia, siendo inmediatamente conducida a la choza del Rey.

Éste, tembloroso, se puso de pie e hizo un movimiento con la mano. A dicha señal, los regimientos comenzaron a desfilar, y en diez minutos, nosotros, él y algunos de los de su servicio, quedamos completamente solos en aquel vasto circuito.


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