Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón —Señor Quatermain —comenzó sir Enrique cuando el camarero hubo traÃdo el whisky y encendido la lámpara— el año pasado, por estos dÃas, estaba usted, según creo, en un lugar llamado Bamangwato, al Norte del Transvaal.
—En efecto —contesté sorprendido de que este caballero estuviese tan enterado de mis pasos, que ofrecÃan, en cuanto a mà se me alcanzaba, interés alguno en general.
—¿Estaba usted negociando allÃ, no es asÃ? —añadió el capitán Good con la rapidez habitual de su lenguaje.
—SÃ. HabÃa llevado un carro lleno de mercancÃas e hice mi campamento fuera de aquella estación, deteniéndome hasta que las hube vendido.
Sir Enrique ocupaba una silla enfrente de mà y tenÃa sus brazos apoyados sobre la mesa. Al terminar mi respuesta levantó la cabeza y clavó sus ojos, con ansiosa curiosidad, en mi rostro.
—¿Por casualidad encontró usted allà a un hombre llamado Neville?
—Oh, sÃ, acampó por mis alrededores durante una quincena, para que sus bueyes descansaran antes de continuar su marcha hacia el interior. Meses atrás recibà una carta de un abogado preguntándome si conocÃa algo de su paradero, la que contesté como mejor podÃa hacerlo.