Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón —Sí, su carta me fue remitida. Decía usted en ella que el caballero llamado Neville salió de Bamangwato a principios de mayo en su carro con un conductor, un explorador y un cazador kafir llamado Jim; anunciando su intención de avanzar, si le era posible, hasta Ynyati, último puerto que alcanza el tráfico en Matabele, en donde vendería su carro para proseguir a pie. Añadía usted que, en efecto, vendió el carro, porque seis meses después encontró a un traficante portugués, que lo poseía, y le dijo lo había comprado en Ynyati a un blanco, cuyo nombre no recordaba, el que, acompañado de un criado nativo, partió para el interior, según creía, a una expedición de caza.
—Eso es.
Entonces hubo un momento de pausa.
—Señor Quatermain —dijo repentinamente sir Enrique— ¿supongo que usted no sabe, ni puede imaginarse otra cosa, respecto a las razones que me… que llevaban al señor Neville hacia el Norte, o punto a donde se encaminaba?
—Algo oí sobre ello —contestó, y me detuve, pues el asunto de que nos ocupábamos no despertaba mi interés.
Sir Enrique y el capitán Good cambiaron una mirada, y este último hizo una señal con un rápido movimiento de cabeza.