Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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Eché una mirada a las largas filas de sus severos rostros, inmóviles bajo la rizada ola de sus penachos negros, y suspiré tristemente al pensar que antes de una hora, todos o casi todos aquellos arrogantes veteranos yacerían muertos o moribundos sobre el enrojecido campo de la lid. No podía menos de ser así; estaban condenados con esa indiferencia por la vida humana, prenda de los grandes generales, a sacrificarse y derramar su última gota de sangre, para dar al resto del ejército, y con él a su causa, las probabilidades del triunfo. Iban a morir y lo sabían. Era su misión sostener uno por uno el choque de todos los regimientos de Twala, en aquella estrecha y verde ensenada, hasta que fueran exterminados o hasta que las alas, envolviendo a sus adversarios, cargaran sobre ellos. Y, sin embargo, ni una cara pálida; ni una mano trémula; nada, nada que revelara algo de temor en uno solo de los impávidos guerreros. No pude menos de comparar la imponente serenidad de unos hombres próximos a dejar para siempre las dulzuras de la vida, tan grata, cuando desde el borde de la tumba se contemplan con el intranquilo estado de mi ánimo, y volví a suspirar de envidia y de admiración.





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