Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Entonces, con un bramido y de un salto, enristradas las lanzas, saliéronles impetuosos al encuentro y los dos regimientos chocaron, y comenzó la matanza. El ruido de sus escudos, al encontrarse, llegó hasta nosotros semejante al sonido del trueno, y el campo entero centelleó con los rayos de luz reflejados por las agitadas armas. Ambas líneas se apretaron con furioso brío y batallaron obstinadas, pero no por largo tiempo. Las filas agresoras se debilitaron rápidamente, y de pronto, con lento e incontrastable empuje, los Grises avasallándolas, pasaron por encima de ellas, así como indómita ola pasa irritada, sepultándolo bajo su espuma, sobre el obstáculo que se opone a su carrera. Todo había terminado; el cuerpo enemigo estaba materialmente aniquilado; pero los Grises no tenían ya más que dos filas, la tercera parte de sus valientes yacían muertos en el ensangrentado suelo.
Cubriendo los huecos, pegando hombro contra hombro, silenciosos y terribles, hicieron alto, y descansaron sobre las armas en espera de un nuevo ataque: entonces, para mi alegría, percibí a sir Enrique, muy atareado en arreglar las filas. ¡Gracias al Cielo, aún vivía!