Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Entonces nosotros, esto es, los Búfalos, continuando la marcha, cerramos la distancia que nos separaba de los primeros hasta reducirla a unas cien varas, y tomamos nuestra posición como reserva sobre un terreno algo más elevado. Entretanto, pudimos observar a nuestro placer el ejército entero de Twala, evidentemente reforzado después del ataque de la mañana, y que ahora, a pesar de sus bajas, no contaba menos de cuarenta mil hombres, dirigiéndose apresuradamente a nuestro encuentro. Pero cerca de la entrada del seno, sus regimientos vacilaron, al percibir que sólo a uno daba paso la estrecha garganta, y que a setenta varas de la boca, con los flancos perfectamente guardados por las allí casi a plomo pendientes de la colina, les esperaba el famoso regimiento de los Grises, orgullo y gloria del ejército kukuano, pronto a cerrar el paso a todas sus fuerzas, como los tres romanos, en otro tiempo, sostuvieron el puente contra millares de enemigos. Vacilaron, según antes dije, y, por último, permanecieron como clavados en el suelo: no, no les corría prisa de cruzar sus lanzas con las de aquellos ceñudos veteranos, que, formando muralla erizada de aceros, esperaba la acometida. Sin embargo, poco después, y a todo escape, llegose a ellos un alto general, luciendo en la cabeza las reglamentarias plumas de avestruz, acompañado por varios jefes y oficiales, el que no dudo era Twala en persona, y dio una orden; acto continuo, el primer regimiento, arrojando su grito de guerra, cargó sobre los Grises; éstos continuaron inmóviles y silenciosos, hasta que, al separarlos unas cuarenta varas, una lluvia de tolas o cuchillos arrojadizos silbó entre sus filas.