Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Levantáronse y armados con sus lanzas, los soldados decían a sus jefes: «Venid y guiadnos» y los jefes al Rey: «Dirige tú la batalla».
Levantáronse arrogantes y mil hombres, y aún otros veinte mil más.
Sus plumeros cubrían la tierra como las plumas de un ave cubren su nido; blandían sus lanzas y gritaban: sí, tremolaban el acero de sus armas a los rayos del sol; la sed de combatir los devoraba, y temblaban de placer.
Vinieron contra mí; sus más esforzados guerreros corrían veloces para aniquilarme; y todos exclamaban: «¡Ah! ¡ah! puede contarse entre los muertos ya».
Entonces les arrojé mi aliento, y mi aliento fue como el soplo impetuoso del huracán, y ¡ved! quedaron anonadados.
El fuego de mis ojos los amedrentó; anonadé su fuerza con los rayos de mis lanzas y los tiré por tierra con el trueno de mis gritos.
Rompiéronse sus masas, esparciéndose por los campos y desaparecieron como las nieblas de la mañana.
Sirven de pasto a los cuervos y a los lobos, y el suelo de la batalla está empapado con su sangre.
¿Dónde están los poderosos que se levantaron con el sol?
¿Dónde los orgullosos, que, agitando sus plumeros, gritaban: