Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón —Adiós, adiós señor, si alguna vez volvemos a encontrarnos, seré el hombre más rico del mundo y no me olvidaré de usted. Reime un instante, pues estaba demasiado débil para reÃrme mucho, y mientras él avanzaba, por el Oeste hacia el gran desierto, le seguà con la vista, pensando si estarÃa loco o qué podÃa imaginarse iba a encontrar allÃ.
Transcurrió una semana: una tarde, repuesto ya de la fiebre, estaba sentado en el suelo frente a mi tienda, comiéndome el último muslo de un ave, que habÃa obtenido de un nativo a cambio de un pedazo de tela, que valÃa veinte veces más, y miraba al enrojecido y ardoroso sol que parecÃa hundirse en las arenas del desierto, cuando repentinamente vi a un hombre, en apariencia un europeo, pues vestÃa una levita, sobre el declive ascendente del terreno opuesto a mà y como a trescientas varas de distancia. Aquel hombre se arrastraba sobre sus manos y rodillas, a breve trecho se irguió, y dando traspiés ganó unas pocas varas más, para volver a caer y continuar arrastrándose. Comprendiendo que necesitaba auxilios, envió sin pérdida de tiempo a uno de mis cazadores para que se los prestara, el que le condujo hasta mÃ, y ¿quién suponen ustedes era aquel desgraciado?
—José da Silvestre, no hay duda —contestó el capitán Good.