Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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—¿Cómo lo sé? ¡y qué es Sulimán sino una corrupción de Salomón! además, una vieja, Isanusi (bruja curandera), del país de Manica, me dio todos los pormenores sobre el particular. Me dijo que al otro lado de las montañas habitaba una especie de zulúes, pero mucho más robustos, de mejor figura y que hablaban este dialecto; añadiendo vivían entre ellos grandes hechiceros, que habían aprendido su arte de los blancos, cuando el mundo entero estaba entre tinieblas, y quienes guardaban el secreto de una mina maravillosa de piedras relucientes. Reime de esta historieta a la sazón, a pesar de que me interesaba, pues aún no se habían descubierto los criaderos de diamantes; el pobre Evans se separó de mí, muriendo poco tiempo después, y pasaron veinte años sin que volviera a acordarme de tal asunto. Pero precisamente a los veinte años, y esto no es corto tiempo, caballeros, que rara vez los cuenta en su oficio un cazador de elefantes, supe algo más concreto respecto a las montañas de Sulimán y país que se extiende al otro lado de ellas. Encontrábame en el país de Manica, en un lugar denominado el Kraal de Sitanda, bien miserable por cierto, pues nada se hallaba allí de comer y la caza era escasísima. Atacome la fiebre y me sentía bien malo, cuando un día llegó un portugués, acompañado de un solo criado, un mestizo. Hoy conozco a conciencia a esos portugueses de Delagoa. No creo haya en la tierra entera malvados más dignos de la cuerda, que esos infames, que viven y engordan con las lágrimas y sangre de sus esclavos. Pero éste era hombre completamente distinto de los seres groseros que estaba acostumbrado a encontrar, y me hizo recordar todo cuanto sobre los cumplidos y corteses fidalgos había leído. Era alto de estatura, delgado, con los ojos grandes y obscuros, y bigote entrecano y rizado. Conversamos un rato, pues, aunque estropeándolo, hablaba algo el inglés y yo entendía un poco su idioma; así pude saber se llamaba José da Silvestre, y tenía una posesión cerca de la bahía de Delagoa; y al siguiente día, al proseguir su viaje, acompañado de su mestizo, me dijo, quitándose galantemente el sombrero, como en otros tiempos se usaba:


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