Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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—A pesar de todo, yo te mataré. Atiende, Gagaula, madre del mal, eres tan vieja que no debes tener ningún amor a la vida. ¿Qué puede ser la existencia para una criatura a quien los años han quitado la forma, arrancado los dientes y el cabello, dejándola sólo el maligno mirar de sus perversos ojos? Matarte será hacerte un bien, Gagaula.

—¡Imbécil —gritó la vieja arpía— rematado imbécil! ¿Crees que la vida guarda sus dulzuras sólo para el joven? No te engañes y nada sabes del corazón humano, si así lo piensas. Para el joven, no hay duda, la muerte tiene sus encantos, porque el joven siente. Goza y sufre, y se le rompe el corazón al ver a los que ama desaparecer para siempre en el mundo de las sombras. Pero el viejo no tiene sentimiento, no ama, y ¡ah! ¡ ah! ríe cuando otros se hunden en el negro e insondable abismo; ¡ah! ¡ ah! ríe en presencia del mal que se hace en torno suyo. Todo cuanto ama es la vida, el calor, el tibio rayo del sol y el dulce, dulce aire. Tiene miedo al frío, al frío y a las tinieblas, ¡ah! ¡ ah! —y la horrible anciana se balanceó con repugnante júbilo.

—Calla tu infame charla y contéstame —exclamó airadamente Ignosi—. ¿Quieres o no mostrar el sitio en donde las piedras están? Si no quieres, morirás, y morirás ahora mismo; y cogiendo una lanza la suspendió sobre ella.


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