Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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—No y mil veces no, tú no te atreves a matarme. El que me prive de la vida será maldito para siempre.

Ignosi bajó con lentitud la lanza hasta que su punta, pinchó levemente aquel montón de arrugas y de harapos.

Dando un salvaje grito, de un brinco se puso en pie, y volviendo a desplomarse, se contrajo en forma de ovillo y rodó por el suelo.

—Sí, lo enseñaré. Déjame vivir, déjame sentar al sol y tener un pedazo de carne que chupar, y yo te descubriré mi secreto.

—Está bien. Demasiado sabía que al fin encontraría un medio para hacerte hablar. Mañana irás con Infadús y mis hermanos blancos al citado sitio; y, guárdate de no cumplir tu palabra, porque si los engañas, te hará morir poco a poco.

—Lo cumpliré, Ignosi. Jamás falto a mi propósito: ¡ah! ¡ah! ¡ah! Una vez una mujer mostró ese sitio a un hombre blanco y sabed que la desgracia cayó sobre él —y al decir esto sus ojos brillaron con siniestro fulgor—. Su nombre también era Gagaula. Quizá yo sea aquella mujer.

—Mientes —le repliqué— desde que eso ocurrió han pasado diez generaciones.


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