Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón »Ven, Incubu, el bravo en la batalla, ven y mira al que mataste, —y la vieja lo cogió de la ropa y, tirando de ella, lo llevó al centro de la mesa adonde nosotros lo seguimos. Al llegar a su borde se detuvo y tendió su flaco brazo en dirección de la obscura figura allà sentada. Sir Enrique la miró y dio un paso atrás lanzando una exclamación; y, ¿cómo no? si aquello no era otra cosa que el gigantesco cadáver de Twala, del último rey de los kukuanos, casi desnudo y con la cabeza, que sir Enrique de un solo tajo derribara, colocada sobre sus rodillas. SÃ, allà con la cabeza sobre las rodillas, y las vértebras una pulgada fuera de las contraÃdas carnes de su cuello, aparecÃa en toda su repugnante fealdad. Sobre su piel se extendÃa una pelÃcula transparente y lustrosa, que le daba una apariencia aun más repulsiva; en los primeros momentos no supimos explicárnosla; pero habiendo observado que desde el techo caÃa al cuello del cuerpo una rápida gotera, cuya agua después de bañarlo enteramente se escapaba por un pequeño agujero abierto en la mesa, comprendimos lo que era. El cuerpo de Twala se estaba transformando en una estalactita. Una mirada a las blancas formas que rodeaban la mesa, comprobó esta aserción. Todas eran o mejor dicho habÃan sido cuerpos humanos; pero ahora eran estalactitas. Tal procedimiento, desde tiempo inmemorial, empleaban los kukuanos para conservar los cadáveres de sus reyes. Los petrificaban. No puedo decir si el método, suponiendo que lo tuvieran, consistÃa en algo más de exponerlos años y años bajo la gotera; pero lo cierto es que allà estaban duros como roca y cubiertos por un barniz de sÃlice. Nada más espantoso que aquella reunión de restos de reyes, envueltos en una capa blanca cual nieve, a través de la cual se distinguÃan confusamente sus facciones, sentados alrededor de la sombrÃa mesa y presididos por la Muerte en persona. Su número ascendÃa a veintisiete y, suponiendo no faltara ninguno, lo que no era probable, porque varios habrÃan muerto en las guerras, muy lejos de aquel lugar, y dando por término medio quince años de reinado a cada uno, resultaba que como mÃnimo de tiempo, hacÃa cuatro siglos se seguÃa aquella práctica en el paÃs. Pero la Muerte colosal que ocupaba el puesto de honor era mucho más vieja que eso, y no creo equivocarme al considerarla obra de la misma mano que contorneó los «Silencioso». Estaba perfectamente conservada, y como obra de arte era admirable, tanto en la concepción como en la ejecución. Good, perito en la materia, afirmó que no encontraba el menor error anatómico en el esqueleto, ni aún en los huesos de menor tamaño.