Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Imposible me es verter en palabras las angustias que nos atribularon durante la noche. Compasivo el sueño las mitigó a ratos, porque aún en circunstancias tan terribles como la nuestra, alma y cuerpo se rinden a las leyes de la Naturaleza. Sin embargo, no pudimos dormir por mucho tiempo. Dejando a un lado el aterrador pensamiento de nuestra inevitable y horrorosa muerte (cosa que hubiera quitado el sueño, sin desdoro de su valor, al más bravo entre los bravos, y por consiguiente a mí que nunca he tenido pretensiones de valiente) el silencio era demasiado profundo, demasiado sombrío para permitírnoslo. Lector, acaso, despertando a media noche, lo callado de la hora te haya oprimido el corazón; pero afirmo sin temor que no puedes tener idea cómo pesa y cómo ahoga en realidad el absoluto silencio. Sobre la haz de la tierra no todo duerme; y aunque duerma, respira y se agita en su sueño, y ese ruido de vida por imperceptible que sea, desvanece lo abrumador del aislamiento, de la quietud absolutos. Mas allí nada vivía. Estábamos enterrados en las entrañas de un nevado picacho. Encima de nuestras cabezas, a millares de pies, el viento arremolinaba los copos de blanca nieve, pero ni el más leve rumor alcanzaba a nuestros oídos. Separábanos un largo túnel y cinco pies de compacta roca de la tétrica morada de los muertos, y los muertos guardan sempiterno silencio. El unísono estampido de cuanta artillería hay en la tierra y rayos guardan los cielos, no hubiera traspasado las paredes de nuestra tumba. Estábamos fuera del alcance de los ecos del mundo, estábamos como si hubiéramos ya muerto.