Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Además la ironÃa de nuestra posición me exasperaba. Allà alrededor nuestro se acumulaban tesoros sin cuento, que, harÃan la felicidad, no de unos aventureros, sino de un pueblo; y gustosos los hubiéramos trocado por la mÃnima probabilidad de salir a salvo. Pronto los cambiarÃamos gustosos por un bocado de pan y un trago de agua, y después, por el triste consuelo de terminar velozmente nuestros sufrimientos. En verdad, la riqueza, objeto de la ambición y actividad de la vida entera del hombre, a la postre es una cosa sin valor.
Y asà pasamos la noche.
—Good —dijo sir Enrique al cabo de prolongado callar— ¿cuántos fósforos le quedan?
—Ocho, Curtis.
—Encienda uno y veamos qué hora es. HÃzolo y la impresión de la viva llamarada casi nos cegó. Mi reloj marcaba las cinco. Los rayos del alba en este instante darÃan sus matices a las guirnaldas de nieve que coronaban el pico, y la brisa barrerÃa las nocturnas brumas de sus flancos.
—Creo conveniente comamos algo para conservarnos fuertes, dije.
—¿Y con qué objeto? —replicó Good— mientras más pronto concluyamos, tanto mejor.
—Mientras vida hay, hay esperanza —observó sir Enrique.